Crítica de «El arte de volver»

En su regreso a la capital Noemí se encuentra con todo lo que ha pasado en su ausencia, lo que despierta en ella sentimientos de culpa y un gran desarraigo. Mientras a ella no le sale la voz las vidas de los demás avanzan, el mundo gira y gira y no se para a esperar a nadie. Desde su limbo particular intenta reconectar con todo y con todos, descubriendo cosas de sí misma a través de las conversaciones que tiene con los demás.

Toda la historia transcurre en un solo día, veinticuatro horas de la vida de Noemí que dan para mucho, como dieron para mucho los once días que duró el rodaje y el limitado presupuesto. Esta cinta no sigue el clásico desarrollo de problema y solución, es cierto que hay algo que arreglar, pero la acción no recae en eso, recae en las emociones de Noemí. A través de un tono que invita a acompañar sin juicios el espectador es cómplice de su fragilidad y testigo de su viaje interior en la búsqueda de encontrar su sitio.

La estética es fría y evoca la sensación constante de pretender romper el hielo, cosa que encaja de forma precisa con la actitud de la protagonista. La fotografía tiene un estilo realista y naturalista que consigue crear un ambiente más íntimo si cabe. La película tiene ciertos toques surrealistas que sirven de contraste con un relato bastante corriente, simple y complejo a la vez, como la vida misma.